Como cada mañana, Jason salió de su casa para ir al trabajo. Nada dejaba entrever que, en realidad, esos no eran los planes del joven. Cogió el transporte público hasta la calle Central, donde se apeó para efectuar el trasbordo y coger el aerobús que, viajando sobre la ciudad, lo
llevaría a la corporación Ocunen. Pero en vez de dirigirse hacia el andén, entró en la terminal y fue hacia los servicios. Una vez allí, y después de comprobar que estaba solo, dejó su bolsa en el suelo, se lavó la cara y se quedó mirando el espejo. Por fin había llegado el día. Erik le había convencido para no seguir ni un minuto más en esa ciudad. No soportaban estar bajo constante control, no tener la libertad de hacer lo que quisieran y cuando quisieran. Todo estaba muy bien planificado y, a pesar de las cámaras de vigilancia que había por toda la ciudad, y de la policía y los drones que patrullaban las veinticuatro horas, ellos sabían cómo esquivarlos.En ese momento se abrió la puerta, dejando entrar a un joven de su misma edad, que miró a su alrededor.
—Tranquilo, estamos solos.
—¿Lo tienes todo?
Jason asintió, abriendo su bolsa. Sacó dos uniformes de empleados de transporte, y le dio a Erik el suyo. Ambos muchachos se cambiaron de ropa, guardaron los vaqueros en la bolsa y se miraron el uno al otro.
—¿Estás seguro, Erik? —preguntó Jason, al tiempo que le entregaba una Tablet.
—Lo estoy —respondió su amigo, guardándola en un bolsillo de la chaqueta.
—Muy bien, pues vámonos.
Jason recogió la mochila y ambos salieron a la terminal. Había bastante gente que se dirigía a sus trabajos, por lo que no les fue difícil llegar hasta la puerta que conducía a las dependencias del personal. Una vez en ellas, deambularon por los pasillos, con aparente tranquilidad, mientras se cruzaban con otros operarios. Habían estudiado con detenimiento los planos, así que no tuvieron ningún problema para llegar hasta la puerta que les llevaría a su tan ansiada libertad.
—¿Tienes la clave? —Jason miró a su amigo. Este le sonrió, asintiendo, mientras tecleaba la contraseña. Se oyó un ligero clik, y la puerta se abrió.
—Vámonos —dijo Erik.
Salieron, y se encontraron en un callejón oscuro y húmedo, iluminado por varias luces de neón, de negocios de no muy buena reputación. Empezaron a andar hasta llegar a la primera esquina, donde cuatro cámaras de vigilancia giraban constantemente, cubriendo siempre todos los ángulos. Erik sacó la Tablet, pulsó varias combinaciones, y se la volvió a guardar.
—Listo —aseguró—. Tenemos cinco minutos para llegar a la calle Norte sin ser vistos.
—¿Estás seguro?
—Totalmente. Durante cinco minutos las cámaras dejarán un ángulo muerto por el que podremos pasar.
—Muy bien, pues vámonos.
Empezaron a caminar, pegados a los edificios, cruzando varias callejuelas oscuras hasta llegar a su destino, la calle Norte. Allí la cosa se complicaba, porque, además de las cámaras, había patrullas y drones vigilando constantemente la zona, donde se agrupaban las cuatro grandes corporaciones que dirigían la ciudad.
Erik volvió a coger la tablet. Esta vez tardó un poco más en realizar las operaciones que necesitaba y, una vez acabadas, asomó la cabeza con cuidado por la esquina, volviendo a esconderla de inmediato.
—Maldita sea —murmuró.
—¿Qué ocurre?
—Dos patrullas, cuatro agentes, uno en cada esquina. Será difícil pasar sin que nos vean.
Jason asintió, pensativo.
—Pues tendremos que arriesgarnos. Yo voy primero. Si no lo consigo, corre.
—Suerte, amigo.
Jason le sonrió. Se asomó con cuidado y, cuando vio que ninguno de los policías miraba hacia él, cruzó el estrecho callejón, llegando al otro lado sin ser visto. Suspiró aliviado y se volvió hacia su compañero, que levantó el pulgar sonriendo.
Era su turno. Erik sacó la cabeza por la esquina y sus negros ojos se abrieron por la sorpresa. Los cuatro patrulleros habían desaparecido. No se lo pensó dos veces, y cruzó corriendo hasta donde le esperaba Jason.
—Bien, lo hemos conseguido. Cuatro cruces más y habremos llegado a las afueras —comentó Jason.
—Yo no estaría tan seguro.
—¿Qué quieres decir?
—Que las patrullas se han ido. Y eso significa problemas.
En ese momento, se oyó una fuerte explosión que venía de la plaza President. Los gritos de la gente y el ruido de las botas que llevaban los patrulleros, se oían con toda claridad, mientras corrían. Las patrullas aéreas empezaron a sobrevolar la zona, enfocando con sus potentes focos cualquier pequeño rincón. Era cuestión de tiempo que los encontraran.
—Maldita sea! —exclamó Jason—. ¡Y ahora qué hacemos?
—No lo sé.
—Increíble. Un año planificando la huida, y nos la fastidia una revuelta.
—Está bien, tranquilo. Mira, vamos vestidos de operarios de transporte, llevamos el brazalete de máxima seguridad y el pase correspondiente. No tienen por qué sospechar de nosotros.
Jason miró a su amigo con cara de asombro.
—¿Sugieres que en vez de rodear la plaza por los callejones, la crucemos?
—Exacto.
—Estás loco, Erik.
—Es posible, pero no tenemos otra salida.
Por uno de los lados del callejón, empezaron a oírse los pasos de gente corriendo y a verse los destellos de los disparos que realizaban los drones. Erik tenía razón, no tenían alternativa.
—Está bien, vamos.
Dejaron el callejón y se dirigieron hacia la plaza, donde se quedaron paralizados por la sorpresa. En medio de ella había unos cincuenta patrulleros, apuntando con sus armas a otros tantos estudiantes, que habían sido obligados a arrodillarse en el suelo. El jefe de patrulla que, como todos los policías, llevaba la cabeza rapada y el tatuaje de las cuatro corporaciones en el cuello, volvió la cabeza hacia la ventana de una de las oficinas principales. Esperó unos segundos, y se dirigió hacia sus hombres.
—¡Ejecuten!
Las luces de cincuenta armas láser cegaron momentáneamente a los dos amigos. Cuando por fin pudieron volver a ver con claridad, vieron a los estudiantes en el suelo, muertos, mientras los patrulleros sonreían satisfechos. Otra revuelta contra las corporaciones había sido controlada.
Jason y Erik supieron de inmediato que sus planes de huida habían fracasado. Durante algunos días, la cuidad estaría blindada, siendo imposible entrar o salir por ninguna parte.
María R. Samón
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