30 nov 2025

 



LA VOZ DETRÁS DE LA PLUMA: ANA VALÍN GARCÍA

Hoy, en «La voz detrás de la pluma», nos acompaña Ana Valín García. Bienvenida y gracias por aceptar compartir parte de tu valioso tiempo con nosotros. Empecemos.

 

¿Qué te inspiró a convertirte en escritora?

La vida en general porque cada cosa que veo, que respiro y que siento me sabe siempre a poesía. Desde niña vi el mundo con un foco muy distinto a los demás, no sé si a causa de mi TDHA o simplemente porque estuve expuesta a estímulos y modos de hacer diferentes a los demás niños de mi edad. En casa de mi abuela materna, por ejemplo, cocinábamos empanadillas caseras mientras ella me contaba, de manera edulcorada, las historias de los Santos de sus muchas estampitas; porque ella era casi analfabeta y no sabía leerme cuentos. Además, tomábamos el té ―en mi caso rebajado― y pastas de mantequilla, al tiempo que yo le pedía que me explicara cómo había sido su vida en Inglaterra, porque desde muy jovencita emigró con el abuelo para tratar de ofrecer a sus tres hijos una vida mejor. En las noches, mi padre me hablaba de las dinastías egipcias y los dioses antiguos o de mi otra abuela, que falleció cumplidos yo los dos años y lo cierto es que yo estaba fascinada con aquella mujer etérea que escuchaba ópera, fumaba con canutillo y llevaba pantalones de cuadraditos en una época en la que las mujeres debían seguir pareciendo siempre mujeres, sin que su femineidad pudiera ser discutida a causa de una prenda de ropa.

 

Cuando me quise dar cuenta ya estaba sumergida en un mundo de letras y palabras, porque necesitaba ordenar todas esas experiencias y darles un sentido. Además, en el colegio, una de mis profes se dio cuenta de que hacer rimas e inventar historias me calmaba y me regaló una libretita para ir anotando todo cuanto se me iba ocurriendo. Esa libreta fue la primera de muchas que he ido rellenando y la llevaba atada al cuello con una cuerdecita de color rojo todo el rato.

 

 

¿Cómo nace una historia en tu mente? ¿Empiezas por un personaje, una idea o una escena?

Empiezo por una sensación en realidad y de ahí voy sacando el resto. Así pasó con mi primera novela de El vals de las hormigas. Todo surgió al leer los diarios de la abuela paterna. Había un pasaje en ellos que me tenía absolutamente atrapada. Era su visión del amor como un punto de encuentro entre lo volátil y lo terrenal. La mujer de pronto aparecía en aquel texto como una garza, siempre afanosa de las alturas y el hombre como un toro, muy protector y terrenal. ¿Y el amor? Pues ahí estaba el quid para mí, el amor era el resultado de un esfuerzo perpetuo por acoplar esos dos mundos tan aparentemente opuestos, creando un nido en un espacio intermedio. Me pareció aquella una idea muy revolucionaria, si bien yo no hubiera hablado de hombre y mujer, sino simplemente de pareja, sin exponer condiciones sexuales; pero con ella creé la historia más loca e imposible del mundo. Nada de lo que hay en esa novela podría pasar en la vida real pero ojalá sí pudiera, porque de repente los animales son más humanos que las propias personas y nos dan lecciones de vida; las niñas de trenzas son más valientes que sus propias madres y emprenden aventuras insólitas y todo cuanto yo viví siendo niña se pudo entremezclar con una historia sin duda muy onírica, igual hasta te diría que cinematográfica. Pero en fin que ahí se quedó esa propuesta porque apenas se vendieron unos pocos ejemplares y aunque está en formato digital desde el 2023 en la plataforma de Bookolicos, hasta ahora nadie ha querido atreverse a leerla.

 

¿Qué parte del proceso creativo disfrutas más y cuál menos?

Lo peor es morirse de ganas de compartirlo y al no ser ni conocida, ni dominar con facilidad las redes sociales, encontrarme hablando para un público vacío, escaso, o limitado. Yo lo hago igual, porque con tener un par de orejas que me escuchen ya soy feliz, pero al llegar a casa me entristezco pensando que mis textos igual necesitan respiración asistida pues si nadie los lee terminan por extinguirse.

 

Siempre soy dichosa cuando se encienden dentro de mí las ansias de crear y también cuando las vuelco. Ahora... lo de exponerlo ante otros, ya me agobia más, porque a veces se reduce a un monólogo sin preguntas por la otra parte, sin sensación de receptividad y eso me hace cuestionarme si de verdad sirvo para escribir.

 

¿Cómo manejas el bloqueo del escritor cuando aparece?

Nunca aparece. Tengo tantas ideas anotadas a las que sé que no voy a llegar por falta de tiempo que resulta abrumador. Si durante una semana no escribo me agobio pensando en que quizás ya no haya más que decir, pero entonces voy a las libretas de las ideas ―que no son las de escribir― y ya me calmo, porque ahí están todas esas luces esperando a que las haga explosionar.

 

Tener TDHA significa no desconectar casi nunca. Yo no puedo hacer off en mi cerebro cuando quiero. De hecho, a veces tranquilizarlo es una tarea titánica. Incluso cuando voy al cine tengo la libreta conmigo por si una frase me sugiera alguna cosa, o una imagen me evoca poesía... Y duermo con una grabadora en la mesilla para las emergencias creativas.

 

¿Cuál ha sido el mayor reto que has enfrentado como escritora?

Abrirme en canal con mi primer poemario. Ahí ya no hay novela, ya no hay ficción. Hay una experiencia personal y aterradora. La muerte de Alicia (o el ocaso) fue para mí descubrir a mi hija haciéndose mayor sin apenas darme cuenta. Cuando volví del sanatorio después de una depresión postparto, me encontré con una casi adulta, aunque en estatura mini; muy pendiente de mí, muy preocupada por mi estado de ánimo, tremendamente empática y llena de dudas y de culpas. Según ella, caer en ese pozo se debía al hecho de habernos pedido un hermanito. Me costó mucho responder a todos sus ruegos y preguntas y la verdad es que no encontré una forma más bella de hacerlo que con poemas sobre la maternidad, la reconciliación con mi papel como mujer y la necesidad de sentirme querida y apoyada a pesar de haber flaqueado de una forma tan evidente. Al mirarla, al mirar a mi Grecia, la verdad es que me recordó a Alicia en el País de las Maravillas. Ella se me parecía a esa pequeña que atraviesa la madriguera y se despide de su etapa infantil y de su capacidad de fantasear ante la necesidad de crecer que nos impone la vida. De ahí el título del poemario.

 

Escribir lo escribí con todo mi cariño y fue por y para ella, al igual que para su hermano Leo; pero luego cuando lo quise defender me encontré en un terreno bastante hostil. La temática resultaba en las librerías demasiado tosca, hablar de depresión postparto sonaba a aludir a cuestiones mentales y eso parecía tener más sentido en otro tipo de formato, como más científico; el género masculino no quería escuchar nada sobre el tema, porque pensaba que la cosa no iba con él... En fin, que fue bastante frustrante exponerme de ese modo y no sentirme comprendida.

 

¿Qué libro o autor ha influido más en tu estilo literario?

No tengo autores favoritos en sentido estricto, como tampoco tengo cantantes predilectos. Yo no soy muy dada a actuar de fan. Hay pasajes que me gustan, modos de hacer que me atrapan, pero no soy fiel a nada en concreto porque hay tanto que leer que no me gusta la idea de acotarme. Mathias Malzieu me parece que construye unos escenarios imposibles y maravillosos donde hacer discurrir sus historias; Laura Esquivel genera siempre mujeres fuertes y sensibles a la vez, con una resiliencia insondable; Eduardo Mendoza jamás se olvida del contexto y de la influencia de lo político y lo social en el discurrir de la trama... De cada uno me gusta algo. Eso sí, los best-seller nunca me han interesado. Escapo mucho de esos libros que tienen purpurina en la portada y te indican la cantidad de ventas que han tenido... Si ya han sido tan leídos, para mí, igual están muy manidos.

 

¿Cómo fue la experiencia de publicar tu primer libro?

Pues fue una desgracia. Acabé optando por la coedición y jamás recibí apoyo de la editorial. El texto ya tiene una década y ahí está. Se trata de El vals de las hormigas. De vez en cuando alguien me lo recuerda porque le sorprende. Mi amiga Pilar Escamilla habló de él hace algún tiempo en una reseña y me pareció precioso lo que dijo; que era puro cine. Siempre imaginé ese texto de manera fílmica. Es una propuesta muy visual. Pero es lo que te decía antes. A veces no basta con hacer algo con corazón y desde el corazón. El marketing para llegar a los lectores se impone y eso es algo que yo no domino.

 

Me planteé en su momento buscar alguna agencia que me ayudase a reenfocar las cosas en ese sentido, pero todo es muy caro y siempre tienen en cuenta cosas que para mí no son importantes: tu edad, la cantidad de seguidores que tienes, tu currículum en relación a premios y galardones...

 

¿Hay algún género que te gustaría explorar en el futuro y que aún no has intentado?

El cine, claramente. Me encantaría probar a escribir guiones. Pienso que con la imaginación desbordante que tengo podría crear historias muy interesantes. Además, mi hija me dota de inspiración nueva a cada rato. Hace poco le dio por hablarme del cielo y de si allí arriba también se producía basura. Me hizo gracia que me preguntara si se reciclaba en el cielo y enseguida pensé en contar la historia de un barrendero celestial, capaz de recoger y purgar las caquitas de Dios.

 

¿Tienes algún lugar especial donde te gusta escribir o donde sientes más inspiración?

No. En mi cuarto hay una mesa que se supone que es para escribir. Es un secreter precioso y antiguo, te lo prometo, pero apenas lo uso, porque además aún no le he comprado silla a juego. Escribo dentro de la bañera, sentada en el suelo sobre una manta, paseando por el bosque, en un cafetería con una taza de té caliente, en el medio de una estación de tren con el bullicio a mi alrededor, hasta alguna vez en la cola del supermercado dejando pasar a todos los que están detrás de mí para que me dé tiempo de anotar lo que quiero... El entorno no me parece relevante. Tener cosas que decir sí.

 

¿Hay alguna manía o costumbre curiosa que tengas al escribir o leer?

Solo una. Necesito calorcito. Escribir con frío no me sale. Mi taza de té es indispensable o doble calcetín por debajo de las botas, o la chimenea encendida... Bueno abrazada ya sería la repera, pero de eso me temo que hay poco últimamente.

 

¿Eres más de escribir de día o de noche?

Todo el rato... Yo no tengo horarios para escribir. Lo hago cuando encuentro un hueco y mis hijos me dan un respirito.

 

¿Eres disciplinada o caótica al trabajar?

Totalmente caótica. Soy terriblemente visceral e impulsiva. Mi única disciplina es no perder mis libretas, que las tengo ordenadas cronológicamente. Después, es todo pura rebeldía. Tengo TDHA. Se supone que escribir es lo que me ordena internamente.

 

¿Eres más lectora o escritora?

Las dos cosas a la par. Leo y enseguida paro para escribir porque algo me ha empujado a contar mi versión de lo leído. Hace poco me he anotado a un perfil de instagram para hacer reseñas literarias, porque así los libros me llegan a casita y no tengo que volverme loca pensando en cuándo podré hallar un momentito para ir a la librería.

 

¿Qué crees que necesita una historia para atrapar al lector desde el principio?

Autenticidad. Aunque yo cree muchos escenarios inverosímiles en todos ellos hay siempre una verdad, mi verdad. No sé si lo sabías o no pero las personas con TDHA no sabemos mentir, somos incapaces. Podemos obviar ciertos datos o circunstancias pero no somos capaces de no ser sinceros. Eso para mí se traslada a todas las facetas de mi vida, incluida la escritura. No hay segundas intenciones en nada de lo que hago o digo. Hay quien dice que al leer mis poemas se encuentran muchos subterfugios, y yo siempre les contesto: «pero esos terrenos subterráneos también son verdad».

 

¿Qué esperas que tus lectores se lleven de tus libros?

¿Conexión? Soy tremendamente emocional. Creo que todos mis textos tienen una base emocional antes que intelectual o filosófica, aunque también halla algo de eso. Vivimos en un mundo tan agresivamente rápido que a veces hasta lo de sentir se acelera. Me gustaría que mis libros en ese sentido permitieran al lector reconectar consigo mismos y sus emociones, pero de una manera pausada, sin horarios preestablecidos. La poesía en este sentido es fascinante, porque no hay que leerse los poemas por orden para entender el todo, se puede volver a ellos cuando uno lo desee y lo necesite y yo creo que dan mucha paz incluso cuando lo que lees te pueda hacer llorar.

 

 

¿Cuál es tu recuerdo más antiguo relacionado con los libros o la lectura?

De niña mis papás siempre me reñían porque yo nunca quería apagar la luz por las noches, quería seguir leyendo, así que me prohibieron por un tiempo comprar más libros. Aquello me disgustó una barbaridad así que con las niñas de la zona hicimos una recaudación de fondos poniendo parte de nuestras pagas y fuimos comprando nuevos libros según nuestros gustos. Tengo que decir que nunca compramos ningún poemario ―¡es una pena!― pero creamos una minibiblioteca colectiva muy interesante. Ahí estaban las aventuras de Los Cinco, Huckleberry Finn, algo de Corín Tellado, Snoopy, Tintín... Fueron momentos divertidos y felices.

 

¿Cómo manejas las críticas a tus libros o a tu trabajo?

Ya me gustaría recibir más de eso. No soy una escritora muy leída. Me temo que no se me da muy bien promocionarme. Yo siempre recibo cada feedback con todo mi cariño. De hecho, con la poesía tiendo a grabar audios que les mando a mi amiga Irena o a mi amigo José Antonio para que me den su parecer y lo hago porque sé que en ambos casos habrá sinceridad en su respuesta. Me tomo muy en serio sus consejos al respecto. Irena me dice que debo recitar más lento, sintiendo cada verso como un todo y yo procuro aplicarlo. José me sugiere un cambio en el orden de algo y yo lo tomo en consideración. Ese tipo de intercambios enriquecen muchísimo mi trabajo, sin duda.

 

¿Quiénes son las personas que más te han apoyado en tu camino como escritora?

Mi padre en primerísimo lugar, porque ha sido mi corrector incansable. Mi nena también en primer lugar porque me llena de ideas, sugerencias, propuestas y amor. Y luego... yo diría que todos mis compañeros de Slam. Ahí estoy descubriendo a mi otra familia.

 

¿Cuál es tu peor miedo como escritora?

La incomprensión. Yo escribo sobre lo que necesito escribir. Nunca he sido capaz de hacer textos por encargo, ni recurrir al tema de moda en cada momento. Y como te decía, siempre lo hago desde la honestidad, así que no entiendo que la gente se ofenda tanto cuando menciono que estuve ingresada, ni que se asusten si digo que ir al psicólogo es tan importante para mí como hacer la compra semanal. Yo no pido que estén de acuerdo conmigo en relación con lo que escribo, pero que prejuzguen, la verdad es que me agobia y me debilita bastante. Me asusta esa falta de conexión que tenemos con lo otros.

 

¿Alguna vez sentiste que querías dejar de escribir? ¿Qué te hizo continuar?

Demasiadas veces, la verdad. Cuando te rechazan de una residencia literaria que solicitas porque ya has pasado de los cuarenta te sientes como un trasto viejo. Cuando te dicen que hablar de depresión postparto ante un grupo de hombres es un atentado a su hombría, lamentas no poder hacerte crecer un pene y escribir más hostil. Cuando has escrito un libro sobre un duelo emocional, En las latitudes de un miedo políglota, aludiendo a tu ruptura sentimental y te indican que podrías presentarlo en algún programa de Telecinco dedicado a buscar parejas, te ofendes en lo más hondo... Ya tengo pasadas las mías.

 

 

¿Qué tipo de legado te gustaría dejar como autora?

Siempre le digo a mi Grecia: «nena, cuando yo no esté físicamente, búscame en mis libros, porque te prometo que nunca te faltaré si me sabes leer». Mi todo son mis hijos. Escribo porque lo necesito, pero al final siempre es para ellos.

 

¿Qué le dirías hoy al «tú» del pasado que apenas comenzaba a escribir?

No te abrumes cuando te digan que eres rara. Ser un ave raris es el mayor de los privilegios. Cuando José Antonio me bautizó como Mirlo Blanco en el Slam de Bóveda me pareció un mote inalcanzable. ¿Yo un ave? ¿Yo capaz de volar? ¿Yo blanca y pura mientras los demás mirlos son negros y están de luto? Pues aún no estoy convencida de merecerlo, pero qué hermoso recibir tal honor.

 

¿Qué consejo le darías a alguien que quiere comenzar a escribir, pero no sabe por dónde empezar?

No pienses en el principio ni en el final. Solo ponte a hacer lo que va en el medio de estos dos puntos. Ya se acercarán ambos llegado el momento.

 

De todo lo que has escrito, ¿tienes alguna novela o personajes preferidos?

Laurita Pazos Silva, la niña de las trenzas de El vals de las hormigas es un mini yo muy alentador. Me encanta su timidez y a la vez su capacidad resolutiva. Pero también me gusta la mujer de este último poemario, En las latitudes de un miedo políglota, que no teme decir que tiene miedo, que está asustada de volver a amar y a la vez de no volver a hacerlo nunca. La vulnerabilidad nunca me ha parecido un defecto. De hecho, me resulta erótica y todo.

 

Y para acabar. ¿Quién es realmente Ana Valín García?

Alguien en proceso de construcción claramente. Yo siempre llevo encima un cartel que pone «estoy en obras». Se puede entrar pero hay que aceptar que a cada rato voy creando rincones nuevos de mí misma y derribando los que ya no necesito. Vivir conmigo es arriesgado, yo lo reconozco, pero creo que también es divertido. Nunca sabes qué va a pasar o con qué te voy a salir.

 

Muchas gracias por tu presencia en «La voz detrás de la pluma». Ha sido un honor poder conocerte un poquito mejor.

 

 

Entrevista hecha por María R. Samón

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