LA VOZ DETRÁS DE LA PLUMA: JUAN ANDRÉS MOYA
Hoy, en «La voz
detrás de la pluma», nos acompaña Juan Andrés Moya. Bienvenido y gracias
por aceptar compartir parte de tu valioso tiempo con nosotros. Empecemos.
¿Qué te
inspiró a convertirte en escritor?
La necesidad
irrefrenable de contar historias. Descubrí la literatura en torno a los trece
años. Hasta entonces, los libros habían supuesto para mí una fuente de
conocimiento, pero no tanto de diversión. Los primeros libros que leí fueron
algunos de los grandes clásicos de la literatura universal, obras de autores de
los siglos XVIII, XIX y principios del XX. En el momento en el que comencé a
leer, sentí ―de una manera muy instintiva― que quería también escribir. Tengo
la sensación de que se trataba de un hambre antigua que solo requería del
estímulo adecuado para despertar. ¡Y qué afortunado soy por el hecho de que
despertara! Desde entonces, la necesidad de escribir ha seguido creciendo. No
imagino mi vida sin poder expresarme artísticamente a través de la palabra
escrita.
¿Cómo
nace una historia en tu mente? ¿Empiezas por un personaje, una idea o una
escena?
Es un
auténtico misterio para mí. Nunca he tenido la sensación de que me inventara
las historias que cuento; no es un acto deliberado y tampoco es algo
intelectual. Es mucho más primitivo que todo eso. De repente, me apabulla una
historia y ya forma parte de mí. La conozco de una manera intuitiva, tal como
si la hubiera soñado. De hecho, muchas de las historias que termino por contar ―o,
al menos, fragmentos importantes de ellas― surgen directamente de mis sueños.
El mundo a mi alrededor me inspira sobremanera. Los desconocidos a los que me
encuentro por la calle, los paisajes que recorro, el arte que tengo la
oportunidad de descubrir..., todo ello despierta mi curiosidad y puede surgir
un nuevo relato en cualquier momento. Tras ello, necesito incubar la historia
durante el suficiente tiempo como para sentir que puedo transmitírsela a otro
de manera fidedigna. He de convivir con ella durante semanas o meses. A veces
hay un personaje específico en torno al que todo gira; a veces es una reflexión
filosófica; a veces, una emoción. La clave es situarme siempre en una posición
de apertura hacia la inspiración.
¿Qué
parte del proceso creativo disfrutas más y cuál menos?
Me sería muy
difícil escribir si no disfrutara enormemente de todas las áreas relacionadas,
de manera directa, con la escritura. El proceso de investigación inicial,
previo a la redacción, es absolutamente emocionante. Es el momento en el que
puedo saciar mi curiosidad estudiando sobre este o aquel asunto y, siendo tan
inquieto, es uno de mis instantes favoritos. Ver cómo la historia crece día a
día, cómo se asienta y consolida es muy gratificante. Llevarla a buen puerto es
un alivio absoluto, porque nunca sabes si una historia, sobre todo si hablamos
de una novela de cierta extensión, va a desmoronársete encima en cualquier
momento. Incluso la edición, que considero una de las fases más arduas, tiene
cierta belleza, porque te permite pulir tu trabajo y presentárselo a un público
del modo en el que deseas. Lo que quizá menos me satisfaga es todo lo que
ocurre después de haber escrito una novela, pero considero que tiene mucho
menos que ver con el proceso creativo y mucho más con el proceso editorial.
¿Cómo
manejas el bloqueo del escritor cuando aparece?
Sé que tal
vez no me crea el lector, pero no es frecuente que me enfrente a ese tan temido
bloqueo que atenaza a muchos compañeros, pero no es porque yo posea una
habilidad que no poseen aquellos, sino porque solo me siento a escribir cuando
durante días o semanas he imaginado ―con absoluta claridad― cómo evoluciona la
historia en el siguiente capítulo; jamás lo hago sin tener muy claro de qué voy
a hablar. No soportaría esa presión. Solo cuando he presenciado los diálogos y
conozco, de manera instintiva, el avance de la acción, me enfrento a la hoja en
blanco. Y tengo una mente hiperactiva, para bien o para mal, de modo que es
frecuente un exceso de pensamiento y de imaginación. Más que el bloqueo, lo que
me aterra es no disponer de la disciplina suficiente para silenciar todo el
ruido mental que me distrae y que puede, potencialmente, impedirme avanzar.
¿Cuál ha
sido el mayor reto que has enfrentado como escritor?
Ser capaz de
trabajar en una novela durante tres años sin descanso, que fue el tiempo que
debí invertir para «En el nombre del hijo». Esta curiosidad mía me lleva a
interesarme por relatos distintos y necesito el autocontrol suficiente para
reprimirme y obligarme a regresar a la obra que me ocupa. Antes de esta segunda
novela, apenas necesité tres meses para escribir la primera, si bien no fui
capaz de concluirla hasta dos años después. Ahora estoy trabajando en mi
tercera obra y estoy logrando mantener la concentración durante un periodo
incluso más largo. Por otro lado, cuando escribes una novela, debes compaginar
una forma de cosmovisión ―de visión total del conjunto de la historia― con la
habilidad para mirar muy de cerca detalles concretos, y considero que este
ejercicio de acercamiento y alejamiento con respecto a la historia requiere una
lucidez considerable. Me siento muy afortunado por poder ejercitar estas
capacidades con frecuencia, porque son las herramientas esenciales para el
escritor/a.
¿Qué
libro o autor ha influido más en tu estilo literario?
Supongo que
las obras de todos aquellos clásicos a los que descubrí siendo muy pequeño.
Cada trabajo que he leído a lo largo de la vida me han inspirado de una u otra
forma, ya sea el rasgo de un personaje o una destreza técnica del autor, o una
atmósfera concreta, pero aquellas primeras obras que leí con trece y catorce
años, cuando se es tan impresionable, me han acompañado todo el tiempo. Obras
de Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Víctor Hugo, Goethe, Dante o Wilde, así
como la poesía de Rimbaud, de Walt Whitman, de Rumi o, mucho más recientemente,
de Lorca, han tenido un impacto enorme en mi forma de escribir.
¿Cómo fue
la experiencia de publicar tu primer libro?
Inesperada y
emocionante. Conseguí publicar mi primera novela porque fue una de las dos
ganadoras de un certamen internacional y el premio consistía en la edición. Fue
una experiencia inolvidable. Hice mis primeras presentaciones; fui a ferias del
libro por primera vez; tuve que hacer entrevistas en radio, televisión, prensa
escrita; conocí a escritores de renombre, como Luis Goytisolo... Todo ese
proceso formativo ha sido esencial para mí porque me ha permitido enfocar la
publicación de la segunda novela con entereza y también con humildad. Las
críticas de «ISHQ ― El color de las granadas», mi primer trabajo, fueron
excelentes, y eso me animó enormemente a continuar escribiendo y a buscar la
manera de llegar a un público amplio. Me siento muy agradecido.
¿Hay
algún género que te gustaría explorar en el futuro y que aún no has intentado?
Me
encantaría adentrarme en la fantasía, pero considero que no es el momento para
ello. Es un género que me fascina, pero que solo exploraré cuando haya tenido
el suficiente tiempo de madurar una historia que esté a la altura de algunos de
mis autores favoritos del género, como Tolkien o Robert Jordan. Considero que
es extremadamente difícil crear algo que no beba en exceso de los clásicos ―que
no sea una imitación más o menos acertada―, y eso me detiene. Por otro lado,
también quiero seguir explorando el teatro, que es un género que descubrí hace
pocos meses y me ha apasionado. Y quiero escribir un poemario, porque la poesía
fue uno de mis amores iniciales y, durante los últimos años, ha estado relegada
a un segundo plano.
¿Tienes
algún lugar especial donde te gusta escribir o donde sientes más inspiración?
Necesito
aislarme por completo de mi entorno para escribir. Mi mente hiperactiva se ve
sometida ya a un exceso de estimulación y necesito reducirlo al máximo para
poder adentrarme en mi mundo interior. No requiero un lugar específico para
escribir, pero debe haber silencio y cierta penumbra. Escribo escuchando alguna
pieza de música clásica o instrumental ―siempre la misma durante el tiempo que
dure el proceso de trabajo de una obra concreta, que puede llevarme años―, con
una luz mínima, una taza de té matcha y, a poder ser, prendiendo incienso. Soy
incapaz de escribir delante de otra persona; se me hace casi tan difícil como
tener que leer mi trabajo en público. Para poder escribir, siento que debo
desnudarme por completo, abrirme en canal y dejar que la historia fluya sin
ningún impedimento. He de situarme en una posición de máxima vulnerabilidad y,
siendo tan reservado y discreto en cuanto a mis emociones, sería incapaz de
hacerlo delante de otros.
¿Hay
alguna manía o costumbre curiosa que tengas al escribir o leer?
No sé si es una manía, pero siempre que escribo tengo abierta la
página de la RAE porque se me presentan dudas constantemente sobre las
acepciones adecuadas de unas palabras u otras. Es algo muy práctico. Y escribo
los diálogos siempre en voz alta, interpretándolos; de ahí que me sea imposible
escribir en lugares donde haya gente.
¿Eres más
de escribir de día o de noche?
Soy un
animal nocturno, de modo que me siento mucho más cómodo escribiendo de noche.
Hay una calma especial en la noche que favorece la inspiración, al menos en mi
caso. De cualquier modo, dispongo de poco tiempo para escribir ―generalmente
solo puedo escribir los fines de semana―, así que intento escribir tanto como
puedo en esas ocasiones en las que el trabajo no me requiere en exceso. No
puedo permitirme el lujo de escribir solo de noche. Mi primera novela, escrita
cuando vivía en Alemania, se fraguó por completo de madrugada. Terminaba en
torno a las siete de la mañana. En la actualidad, mis horarios son diferentes,
pero me sigo sintiendo mucho más inspirado cuando cae el sol.
¿Eres
disciplinado o caótico al trabajar?
Soy ridículamente disciplinado en todo lo que hago y creo que es esa
disciplina la que me permite escribir tanto aun teniendo tan poco tiempo. Uno
debe poseer la suficiente lucidez para controlar en qué momentos se abre en
canal y permite que la historia fluya. Una vez abierta la herida, la sangre
fluye de manera caótica; es decir, no tengo control sobre hasta qué punto voy a
estar más o menos afinado, pero debo ser capaz de escoger los momentos exactos
en los que me dispongo a escribir. Ese orden tan estricto es necesario cuando
se componen novelas de la extensión de las mías, que pueden superar las mil
páginas en su borrador inicial.
¿Eres más
lector o escritor?
Escritor,
sin duda, y es triste que tenga que renunciar con frecuencia a una de mis
máximas pasiones, que es la lectura. Soy incapaz de leer mientras escribo
porque tengo la sensación de que leyendo o escribiendo se sacia una misma sed.
Cuando una historia me absorbe y atrapa, no tengo la necesidad de contar la mía
propia con la misma urgencia; por ello, nunca leo mientras escribo, porque
además me aterra que algún trazo del trabajo que estoy leyendo ―un rasgo de un
personaje, una atmósfera concreta, una estructura sintáctica― aflore en lo que
escribo. Siento que, para poder adentrarme tanto en mi propia profundidad, debo
renunciar a cualquier forma de distracción. Pero leer es esencial para el
escritor porque te expone al modo en el que otros compañeros estructuran sus
historias, y eso es siempre enriquecedor y educativo. Leer a Gala, a Lorca, a
García Márquez, a Rimbaud..., todo ello me sigue instruyendo hoy en día.
¿Qué
crees que necesita una historia para atrapar al lector desde el principio?
Probablemente,
sinceridad. Creo que los humanos tenemos la habilidad innata de detectar la
mentira, incluso aunque sea muy elaborada. Es necesario que los personajes
actúen desde la honestidad y que no sean movidos por la voluntad del autor/a en
esta o aquella dirección solo por ser conveniente. Cuando hay sinceridad en lo
que se cuenta, al margen del género, se despierta la empatía. Por otro lado,
también creo que es recomendable incomodar al lector desde el principio,
sacarlo de su zona de confort y plantearle un conflicto al que deba
enfrentarse, ya sea moral, intelectual o emocional, entre otros. A mí,
personalmente, siempre me atrae como lector.
¿Qué
esperas que tus lectores se lleven de tus libros?
La sensación
de que yo no me he inventado las historias que han leído, que existían antes
que yo mismo, que eran independientes de mi inspiración, de mi papel como
narrador. Aspiro, aun siendo muy complicado, a trasladar al lector al mismo
punto emocional en el que yo me sitúo mientras escribo. Quiero desaparecer por
completo para que solo exista el lector y la historia en la que se adentra; mi
presencia debe pasar desapercibida. Y también deseo cautivarlo con la
musicalidad que procuro en mi prosa. Además, me esfuerzo por revelar a los
personajes en su cruda desnudez para que cualquier lector pueda encontrarse
reflejado en ellos, especialmente en aquello que no le cuentan a nadie.
¿Cuál es
tu recuerdo más antiguo relacionado con los libros o la lectura?
De pequeño,
y también de adulto, los libros me fascinaban como objetos físicos; eran un
tesoro para mí. Recuerdo que en casa teníamos varios diccionarios
enciclopédicos y, a mi juicio infantil, encerraban la totalidad del
conocimiento humano. Mi deseo era poder leerlos todos, de principio a fin, y
descubrir lo desconocido. Pero no me familiaricé con el placer de la lectura
hasta mucho después, en torno a los trece años. Hasta entonces, apenas había
leído ficción porque me interesaba mucho más el aprendizaje que el
entretenimiento. Desconocía que cualquier novela puede enseñarte mucho más que
un libro de texto. ¡Qué inocente...!
¿Cómo
manejas las críticas a tus libros o a tu trabajo?
Acepto que
cualquier forma de expresión artística apela exclusivamente a la emoción. El
intelecto queda fuera de la ecuación, aunque nos empeñemos en reivindicarlo.
Que se produzca esa suerte de milagrosa conexión espiritual entre un
espectador/lector y una obra es inexplicable todavía, y no puede ser
manipulado. Por todo ello, asumo que es imposible que mis historias resuenen
con la misma intensidad que resonaron en mí en todos los que se acercan a
ellas. El artista ofrece un aroma, un sabor, que apela eminentemente a un
olfato, a un paladar concreto. Su responsabilidad es llegar hasta él. Los
artistas podemos ser muy arrogantes por momentos y tendemos a ser
hipersensibles, de modo que lidiar con la crítica nunca es sencillo, pero quizá
sea necesario que se nos apalee de vez en cuando y se nos exija humildad. De
esa derrota poética puede manar la inspiración nuevamente. Al final, no podemos
olvidar que el artista tiene libertad absoluta para crear lo que le plazca y el
espectador posee esa misma libertad plena para disfrutar de ello o no. Todo es
legítimo.
¿Quiénes
son las personas que más te han apoyado en tu camino como escritor?
En primer
lugar, tendría que mencionar a los autores de los que me he enamorado desde que
descubrí la ficción, y han sido muchos. No me han apoyado, es obvio, pero no
sería un escritor de no ser por ellos. Me han educado enormemente. Por otro
lado, he tenido la inmensa fortuna de contar con innumerables personas que me
han apoyado o apoyan en esta loca aventura de escribir. Desde los muchos
compañeros escritores que han actuado desde la generosidad, compartiendo esta o
aquella información conmigo; a todos los que me acompañan cuando voy a
presentaciones, ferias del libro, entregas de premios literarios, etc.;
periodistas que me han concedido un espacio en los medios; y los lectores, por
supuesto, que han confiado en mi trabajo. De no ser por esta confabulación
favorecedora del universo y de tantas y tantas fuerzas que actúan para
potenciar mi carrera como escritor, no podría dedicarme a ello. Soy un
privilegiado.
¿Cuál es
tu peor miedo como escritor?
Me aterra no
ser sincero con la historia que me resuena dentro. Creo que es lo mínimo que se
le exige al escritor/a. La inspiración llega cuando le place y, de repente, se
te revela una historia que te arrasa por completo y que podría nunca haber
resonado en la hondura de tu alma. En agradecimiento, creo que debemos
transmitir la historia con absoluta honestidad, desentendidos de cuestiones
prosaicas como la posible comercialidad o no del relato, su capacidad para
llegar a un público más o menos amplio, las posibles críticas… Me preocupa
enormemente descubrir que he manipulado una historia mía para conseguir la
aprobación social, movido por el ego o por el deseo de ser querido. Mi deber es
abrirme en canal y dejar que fluya en los términos que ella escoja. Por otro
lado, también quiero pensar que lo que he logrado como escritor no es mérito
mío en lo más mínimo: es mérito exclusivamente de mis historias. Todos esos
premios que se me han concedido o los trabajos publicados son la consecuencia
de la habilidad de mis historias para llegar al lector. Quién sea el individuo
que las ha escrito, de donde venga o qué personalidad tenga es algo
insustancial. Me congratula saber que ese ha sido el caso.
¿Alguna
vez sentiste que querías dejar de escribir? ¿Qué te hizo continuar?
Francamente,
creo que no, porque uno no elige escribir. El arte es siempre un accidente. Que
una persona tenga la necesidad intrínseca de expresarse artísticamente es
inexplicable: se trata de un hambre que debe ser saciada. Ser escritor no es
sencillo ni conveniente ni práctico en lo más mínimo; es todo lo contrario.
Pero hay una sed en mí que no puedo remediar, salvo escribiendo. Las historias
llegan y debo exorcizarme de ellas para poder continuar con mi vida. Soy un
esclavo de mi inspiración, ¡y qué afortunado por ello! Supongo que solo podría
dejar de ser escritor si esa corriente constante de ideas cesara, y ruego que
no ocurra nunca. Entiendo que ser escritor es mucho más que escribir, y hay
múltiples dimensiones que trascienden el proceso creativo y que tienen que ver
con el mercantilismo, la imagen pública o el networking, y a veces son
estas realidades las que agotan a los escritores y los hastían. Personalmente,
les presto la atención justa e intento que no me distraigan ni desanimen.
¿Qué tipo
de legado te gustaría dejar como autor?
Espero y
deseo tener el tiempo suficiente para contar todas las historias que me arden,
que son muchísimas. Si alguien, en algún momento futuro, se acerca a ellas, me
encantaría que se encontrase con la sinceridad, con un alma humana que no se
esconde en lo que escribe, que se transparenta por completo en sus defectos, en
su pequeñez y también en su tierna belleza. Lo que escribo refleja aquello que
me inquieta y soy un gato curioso por naturaleza. Me gustaría, por ello, poder
explorar géneros muy distintos entre sí y que el compendio de las historias que
escribo sea diverso y multicolor. Sería un sueño sentir que he dispuesto de la
oportunidad de reflexionar sobre todas las épocas históricas que me fascinan,
las realidades psicológicas que me intrigan o los lugares que me cautivan
instintivamente.
¿Qué le
dirías hoy al «tú» del pasado que apenas comenzaba a escribir?
Le daría las gracias por su valentía. Cuando empecé a escribir prosa
con trece años, ya había escrito poesía con anterioridad, no poseía ni la
madurez emocional ni la templanza intelectual para enfrentarme a la complejidad
de las obras que ya vislumbraba. En ese momento, desde la desventaja propia de
un niño, podría haber renunciado a todo ello y haberme decantado por cosas más
sencillas, por intereses menos exigentes, pero no lo hice. No me importó nunca
no encajar en ningún grupo, no tener una pandilla de iguales a los que pudiera
medirme o que no se me entendiera. Ahora que soy un adulto, comprendo que no
debió ser fácil en absoluto para aquel crío. También le aplaudiría por no
renunciar nunca a la inocencia y por mantener la humildad, aceptando los errores
y aprendiendo de ellos. Y le aseguraría que iba a pasárselo en grande.
¿Qué
consejo le darías a alguien que quiere comenzar a escribir, pero no sabe por
dónde empezar?
Si alguien tiene el deseo de escribir, ya es escritor: en eso
consiste. Ese afán creativo no puede ser aprendido, tan solo desarrollado
orgánicamente desde el interior. Una vez que se posee, se debe afinar a través
del trabajo. Tenemos que formarnos como escritores y eso se hace principalmente
leyendo. Al leer, descubres cómo se emplea el lenguaje humano para transmitir
historias a través de la palabra escrita. Se han de investigar toda clase de
géneros, de formatos, de estilos, de épocas. También es esencial el aprendizaje
técnico. Hay que aspirar a la corrección en el uso de un idioma tan complejo
como el español, tan enrevesado, intrincado y contradictorio, y para ello es
importante consultar las fuentes adecuadas, manuales de escritura y otras obras
de referencia. Los talleres literarios pueden ser una herramienta muy útil.
Todo aprendizaje es siempre conveniente. Y lo más importante es que esa persona
se conceda tiempo para escucharse a sí misma, para explorarse el alma y que no
tema lo que descubra dentro. Cavando muy hondo se encuentra la inspiración.
De todo
lo que has escrito, ¿tienes alguna novela o personajes preferidos?
He escrito infinidad de relatos y hay ciertos temas que afloran una y
otra vez porque me interesan sobremanera. La tragedia humana me conmueve;
también nuestra entereza frente al dolor. Por todo ello, estoy enamorado de
muchos de los personajes que pueblan mis historias; otros me aterran. Pero si
tuviera que escoger una obra, sería «En el nombre del hijo», mi segunda novela,
porque creo que es el trabajo publicado en el que mayor madurez como escritor
se refleja. Espero que la próxima novela, que ya está concluida y en cuya
edición ando inmerso estos meses, supere a En el nombre del hijo en
ciertas áreas por haber sido escrita por una versión posterior de mí mismo,
pero la negrura que encuentro en En el nombre del hijo me impacta y
cautiva cada vez.
Y para
acabar. ¿Quién es realmente Juan Andrés Moya?
Creo que Juan Andrés es un tío curioso y apasionado al que todo le
interesa. Es ridículamente introvertido, pero también afable. Siento que es un
niño jugando a ser escritor. Nos pasamos la vida intentando crecer deprisa,
como si la infancia fuera una traba que uno debe enmendar, pero los críos nos
superan enormemente en su habilidad para disfrutar del aquí y del ahora, para
ser conscientes de lo que hacen y vivir cada instante en plenitud. Creo que
son, en ese sentido, un ejemplo a seguir. No quiero tomarme demasiado en serio:
eso sería muy aburrido. Soy solo un artista que no tiene más remedio que contar
historias porque, si no lo hiciera, poblarían en exceso su mente y no habría
espacio para nada más. Y espero seguir siendo un aprendiz de todo hasta el final,
porque solo desde la humildad del aprendiz se puede crecer.
Muchas
gracias por tu presencia en «La voz detrás de la pluma». Ha sido un honor poder
conocerte un poquito mejor.
Muchísimas
gracias por haberme concedido este espacio, María. Me han encantado tus
preguntas y me has obligado a plantearme cuestiones que considero de lo más
interesantes. A veces no somos conscientes de cuánta gente generosa habita el
mundo, como es tu caso, y no se nos debería olvidar nunca. Muchísimas gracias
por el apoyo. Ha sido un placer la entrevista.
Entrevista
hecha por María R. Samón

0 comments:
Publicar un comentario