9 dic 2025

 



LA VOZ DETRÁS DE LA PLUMA: JUAN ANDRÉS MOYA

Hoy, en «La voz detrás de la pluma», nos acompaña Juan Andrés Moya. Bienvenido y gracias por aceptar compartir parte de tu valioso tiempo con nosotros. Empecemos.

 

¿Qué te inspiró a convertirte en escritor?

La necesidad irrefrenable de contar historias. Descubrí la literatura en torno a los trece años. Hasta entonces, los libros habían supuesto para mí una fuente de conocimiento, pero no tanto de diversión. Los primeros libros que leí fueron algunos de los grandes clásicos de la literatura universal, obras de autores de los siglos XVIII, XIX y principios del XX. En el momento en el que comencé a leer, sentí ―de una manera muy instintiva― que quería también escribir. Tengo la sensación de que se trataba de un hambre antigua que solo requería del estímulo adecuado para despertar. ¡Y qué afortunado soy por el hecho de que despertara! Desde entonces, la necesidad de escribir ha seguido creciendo. No imagino mi vida sin poder expresarme artísticamente a través de la palabra escrita.

 

¿Cómo nace una historia en tu mente? ¿Empiezas por un personaje, una idea o una escena?

Es un auténtico misterio para mí. Nunca he tenido la sensación de que me inventara las historias que cuento; no es un acto deliberado y tampoco es algo intelectual. Es mucho más primitivo que todo eso. De repente, me apabulla una historia y ya forma parte de mí. La conozco de una manera intuitiva, tal como si la hubiera soñado. De hecho, muchas de las historias que termino por contar ―o, al menos, fragmentos importantes de ellas― surgen directamente de mis sueños. El mundo a mi alrededor me inspira sobremanera. Los desconocidos a los que me encuentro por la calle, los paisajes que recorro, el arte que tengo la oportunidad de descubrir..., todo ello despierta mi curiosidad y puede surgir un nuevo relato en cualquier momento. Tras ello, necesito incubar la historia durante el suficiente tiempo como para sentir que puedo transmitírsela a otro de manera fidedigna. He de convivir con ella durante semanas o meses. A veces hay un personaje específico en torno al que todo gira; a veces es una reflexión filosófica; a veces, una emoción. La clave es situarme siempre en una posición de apertura hacia la inspiración.

 

¿Qué parte del proceso creativo disfrutas más y cuál menos?

Me sería muy difícil escribir si no disfrutara enormemente de todas las áreas relacionadas, de manera directa, con la escritura. El proceso de investigación inicial, previo a la redacción, es absolutamente emocionante. Es el momento en el que puedo saciar mi curiosidad estudiando sobre este o aquel asunto y, siendo tan inquieto, es uno de mis instantes favoritos. Ver cómo la historia crece día a día, cómo se asienta y consolida es muy gratificante. Llevarla a buen puerto es un alivio absoluto, porque nunca sabes si una historia, sobre todo si hablamos de una novela de cierta extensión, va a desmoronársete encima en cualquier momento. Incluso la edición, que considero una de las fases más arduas, tiene cierta belleza, porque te permite pulir tu trabajo y presentárselo a un público del modo en el que deseas. Lo que quizá menos me satisfaga es todo lo que ocurre después de haber escrito una novela, pero considero que tiene mucho menos que ver con el proceso creativo y mucho más con el proceso editorial.

 

¿Cómo manejas el bloqueo del escritor cuando aparece?

Sé que tal vez no me crea el lector, pero no es frecuente que me enfrente a ese tan temido bloqueo que atenaza a muchos compañeros, pero no es porque yo posea una habilidad que no poseen aquellos, sino porque solo me siento a escribir cuando durante días o semanas he imaginado ―con absoluta claridad― cómo evoluciona la historia en el siguiente capítulo; jamás lo hago sin tener muy claro de qué voy a hablar. No soportaría esa presión. Solo cuando he presenciado los diálogos y conozco, de manera instintiva, el avance de la acción, me enfrento a la hoja en blanco. Y tengo una mente hiperactiva, para bien o para mal, de modo que es frecuente un exceso de pensamiento y de imaginación. Más que el bloqueo, lo que me aterra es no disponer de la disciplina suficiente para silenciar todo el ruido mental que me distrae y que puede, potencialmente, impedirme avanzar.

 

¿Cuál ha sido el mayor reto que has enfrentado como escritor?

Ser capaz de trabajar en una novela durante tres años sin descanso, que fue el tiempo que debí invertir para «En el nombre del hijo». Esta curiosidad mía me lleva a interesarme por relatos distintos y necesito el autocontrol suficiente para reprimirme y obligarme a regresar a la obra que me ocupa. Antes de esta segunda novela, apenas necesité tres meses para escribir la primera, si bien no fui capaz de concluirla hasta dos años después. Ahora estoy trabajando en mi tercera obra y estoy logrando mantener la concentración durante un periodo incluso más largo. Por otro lado, cuando escribes una novela, debes compaginar una forma de cosmovisión ―de visión total del conjunto de la historia― con la habilidad para mirar muy de cerca detalles concretos, y considero que este ejercicio de acercamiento y alejamiento con respecto a la historia requiere una lucidez considerable. Me siento muy afortunado por poder ejercitar estas capacidades con frecuencia, porque son las herramientas esenciales para el escritor/a.

 

¿Qué libro o autor ha influido más en tu estilo literario?

Supongo que las obras de todos aquellos clásicos a los que descubrí siendo muy pequeño. Cada trabajo que he leído a lo largo de la vida me han inspirado de una u otra forma, ya sea el rasgo de un personaje o una destreza técnica del autor, o una atmósfera concreta, pero aquellas primeras obras que leí con trece y catorce años, cuando se es tan impresionable, me han acompañado todo el tiempo. Obras de Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Víctor Hugo, Goethe, Dante o Wilde, así como la poesía de Rimbaud, de Walt Whitman, de Rumi o, mucho más recientemente, de Lorca, han tenido un impacto enorme en mi forma de escribir.

 

¿Cómo fue la experiencia de publicar tu primer libro?

Inesperada y emocionante. Conseguí publicar mi primera novela porque fue una de las dos ganadoras de un certamen internacional y el premio consistía en la edición. Fue una experiencia inolvidable. Hice mis primeras presentaciones; fui a ferias del libro por primera vez; tuve que hacer entrevistas en radio, televisión, prensa escrita; conocí a escritores de renombre, como Luis Goytisolo... Todo ese proceso formativo ha sido esencial para mí porque me ha permitido enfocar la publicación de la segunda novela con entereza y también con humildad. Las críticas de «ISHQ ― El color de las granadas», mi primer trabajo, fueron excelentes, y eso me animó enormemente a continuar escribiendo y a buscar la manera de llegar a un público amplio. Me siento muy agradecido.

 

¿Hay algún género que te gustaría explorar en el futuro y que aún no has intentado?

Me encantaría adentrarme en la fantasía, pero considero que no es el momento para ello. Es un género que me fascina, pero que solo exploraré cuando haya tenido el suficiente tiempo de madurar una historia que esté a la altura de algunos de mis autores favoritos del género, como Tolkien o Robert Jordan. Considero que es extremadamente difícil crear algo que no beba en exceso de los clásicos ―que no sea una imitación más o menos acertada―, y eso me detiene. Por otro lado, también quiero seguir explorando el teatro, que es un género que descubrí hace pocos meses y me ha apasionado. Y quiero escribir un poemario, porque la poesía fue uno de mis amores iniciales y, durante los últimos años, ha estado relegada a un segundo plano.

 

¿Tienes algún lugar especial donde te gusta escribir o donde sientes más inspiración?

Necesito aislarme por completo de mi entorno para escribir. Mi mente hiperactiva se ve sometida ya a un exceso de estimulación y necesito reducirlo al máximo para poder adentrarme en mi mundo interior. No requiero un lugar específico para escribir, pero debe haber silencio y cierta penumbra. Escribo escuchando alguna pieza de música clásica o instrumental ―siempre la misma durante el tiempo que dure el proceso de trabajo de una obra concreta, que puede llevarme años―, con una luz mínima, una taza de té matcha y, a poder ser, prendiendo incienso. Soy incapaz de escribir delante de otra persona; se me hace casi tan difícil como tener que leer mi trabajo en público. Para poder escribir, siento que debo desnudarme por completo, abrirme en canal y dejar que la historia fluya sin ningún impedimento. He de situarme en una posición de máxima vulnerabilidad y, siendo tan reservado y discreto en cuanto a mis emociones, sería incapaz de hacerlo delante de otros.

 

¿Hay alguna manía o costumbre curiosa que tengas al escribir o leer?

No sé si es una manía, pero siempre que escribo tengo abierta la página de la RAE porque se me presentan dudas constantemente sobre las acepciones adecuadas de unas palabras u otras. Es algo muy práctico. Y escribo los diálogos siempre en voz alta, interpretándolos; de ahí que me sea imposible escribir en lugares donde haya gente.

 

¿Eres más de escribir de día o de noche?

Soy un animal nocturno, de modo que me siento mucho más cómodo escribiendo de noche. Hay una calma especial en la noche que favorece la inspiración, al menos en mi caso. De cualquier modo, dispongo de poco tiempo para escribir ―generalmente solo puedo escribir los fines de semana―, así que intento escribir tanto como puedo en esas ocasiones en las que el trabajo no me requiere en exceso. No puedo permitirme el lujo de escribir solo de noche. Mi primera novela, escrita cuando vivía en Alemania, se fraguó por completo de madrugada. Terminaba en torno a las siete de la mañana. En la actualidad, mis horarios son diferentes, pero me sigo sintiendo mucho más inspirado cuando cae el sol.

 

¿Eres disciplinado o caótico al trabajar?

Soy ridículamente disciplinado en todo lo que hago y creo que es esa disciplina la que me permite escribir tanto aun teniendo tan poco tiempo. Uno debe poseer la suficiente lucidez para controlar en qué momentos se abre en canal y permite que la historia fluya. Una vez abierta la herida, la sangre fluye de manera caótica; es decir, no tengo control sobre hasta qué punto voy a estar más o menos afinado, pero debo ser capaz de escoger los momentos exactos en los que me dispongo a escribir. Ese orden tan estricto es necesario cuando se componen novelas de la extensión de las mías, que pueden superar las mil páginas en su borrador inicial.

 

¿Eres más lector o escritor?

Escritor, sin duda, y es triste que tenga que renunciar con frecuencia a una de mis máximas pasiones, que es la lectura. Soy incapaz de leer mientras escribo porque tengo la sensación de que leyendo o escribiendo se sacia una misma sed. Cuando una historia me absorbe y atrapa, no tengo la necesidad de contar la mía propia con la misma urgencia; por ello, nunca leo mientras escribo, porque además me aterra que algún trazo del trabajo que estoy leyendo ―un rasgo de un personaje, una atmósfera concreta, una estructura sintáctica― aflore en lo que escribo. Siento que, para poder adentrarme tanto en mi propia profundidad, debo renunciar a cualquier forma de distracción. Pero leer es esencial para el escritor porque te expone al modo en el que otros compañeros estructuran sus historias, y eso es siempre enriquecedor y educativo. Leer a Gala, a Lorca, a García Márquez, a Rimbaud..., todo ello me sigue instruyendo hoy en día.

 

¿Qué crees que necesita una historia para atrapar al lector desde el principio?

Probablemente, sinceridad. Creo que los humanos tenemos la habilidad innata de detectar la mentira, incluso aunque sea muy elaborada. Es necesario que los personajes actúen desde la honestidad y que no sean movidos por la voluntad del autor/a en esta o aquella dirección solo por ser conveniente. Cuando hay sinceridad en lo que se cuenta, al margen del género, se despierta la empatía. Por otro lado, también creo que es recomendable incomodar al lector desde el principio, sacarlo de su zona de confort y plantearle un conflicto al que deba enfrentarse, ya sea moral, intelectual o emocional, entre otros. A mí, personalmente, siempre me atrae como lector.

 

¿Qué esperas que tus lectores se lleven de tus libros?

La sensación de que yo no me he inventado las historias que han leído, que existían antes que yo mismo, que eran independientes de mi inspiración, de mi papel como narrador. Aspiro, aun siendo muy complicado, a trasladar al lector al mismo punto emocional en el que yo me sitúo mientras escribo. Quiero desaparecer por completo para que solo exista el lector y la historia en la que se adentra; mi presencia debe pasar desapercibida. Y también deseo cautivarlo con la musicalidad que procuro en mi prosa. Además, me esfuerzo por revelar a los personajes en su cruda desnudez para que cualquier lector pueda encontrarse reflejado en ellos, especialmente en aquello que no le cuentan a nadie.

 

¿Cuál es tu recuerdo más antiguo relacionado con los libros o la lectura?

De pequeño, y también de adulto, los libros me fascinaban como objetos físicos; eran un tesoro para mí. Recuerdo que en casa teníamos varios diccionarios enciclopédicos y, a mi juicio infantil, encerraban la totalidad del conocimiento humano. Mi deseo era poder leerlos todos, de principio a fin, y descubrir lo desconocido. Pero no me familiaricé con el placer de la lectura hasta mucho después, en torno a los trece años. Hasta entonces, apenas había leído ficción porque me interesaba mucho más el aprendizaje que el entretenimiento. Desconocía que cualquier novela puede enseñarte mucho más que un libro de texto. ¡Qué inocente...!

 

¿Cómo manejas las críticas a tus libros o a tu trabajo?

Acepto que cualquier forma de expresión artística apela exclusivamente a la emoción. El intelecto queda fuera de la ecuación, aunque nos empeñemos en reivindicarlo. Que se produzca esa suerte de milagrosa conexión espiritual entre un espectador/lector y una obra es inexplicable todavía, y no puede ser manipulado. Por todo ello, asumo que es imposible que mis historias resuenen con la misma intensidad que resonaron en mí en todos los que se acercan a ellas. El artista ofrece un aroma, un sabor, que apela eminentemente a un olfato, a un paladar concreto. Su responsabilidad es llegar hasta él. Los artistas podemos ser muy arrogantes por momentos y tendemos a ser hipersensibles, de modo que lidiar con la crítica nunca es sencillo, pero quizá sea necesario que se nos apalee de vez en cuando y se nos exija humildad. De esa derrota poética puede manar la inspiración nuevamente. Al final, no podemos olvidar que el artista tiene libertad absoluta para crear lo que le plazca y el espectador posee esa misma libertad plena para disfrutar de ello o no. Todo es legítimo.

 

¿Quiénes son las personas que más te han apoyado en tu camino como escritor?

En primer lugar, tendría que mencionar a los autores de los que me he enamorado desde que descubrí la ficción, y han sido muchos. No me han apoyado, es obvio, pero no sería un escritor de no ser por ellos. Me han educado enormemente. Por otro lado, he tenido la inmensa fortuna de contar con innumerables personas que me han apoyado o apoyan en esta loca aventura de escribir. Desde los muchos compañeros escritores que han actuado desde la generosidad, compartiendo esta o aquella información conmigo; a todos los que me acompañan cuando voy a presentaciones, ferias del libro, entregas de premios literarios, etc.; periodistas que me han concedido un espacio en los medios; y los lectores, por supuesto, que han confiado en mi trabajo. De no ser por esta confabulación favorecedora del universo y de tantas y tantas fuerzas que actúan para potenciar mi carrera como escritor, no podría dedicarme a ello. Soy un privilegiado.

 

¿Cuál es tu peor miedo como escritor?

Me aterra no ser sincero con la historia que me resuena dentro. Creo que es lo mínimo que se le exige al escritor/a. La inspiración llega cuando le place y, de repente, se te revela una historia que te arrasa por completo y que podría nunca haber resonado en la hondura de tu alma. En agradecimiento, creo que debemos transmitir la historia con absoluta honestidad, desentendidos de cuestiones prosaicas como la posible comercialidad o no del relato, su capacidad para llegar a un público más o menos amplio, las posibles críticas… Me preocupa enormemente descubrir que he manipulado una historia mía para conseguir la aprobación social, movido por el ego o por el deseo de ser querido. Mi deber es abrirme en canal y dejar que fluya en los términos que ella escoja. Por otro lado, también quiero pensar que lo que he logrado como escritor no es mérito mío en lo más mínimo: es mérito exclusivamente de mis historias. Todos esos premios que se me han concedido o los trabajos publicados son la consecuencia de la habilidad de mis historias para llegar al lector. Quién sea el individuo que las ha escrito, de donde venga o qué personalidad tenga es algo insustancial. Me congratula saber que ese ha sido el caso.

 

¿Alguna vez sentiste que querías dejar de escribir? ¿Qué te hizo continuar?

Francamente, creo que no, porque uno no elige escribir. El arte es siempre un accidente. Que una persona tenga la necesidad intrínseca de expresarse artísticamente es inexplicable: se trata de un hambre que debe ser saciada. Ser escritor no es sencillo ni conveniente ni práctico en lo más mínimo; es todo lo contrario. Pero hay una sed en mí que no puedo remediar, salvo escribiendo. Las historias llegan y debo exorcizarme de ellas para poder continuar con mi vida. Soy un esclavo de mi inspiración, ¡y qué afortunado por ello! Supongo que solo podría dejar de ser escritor si esa corriente constante de ideas cesara, y ruego que no ocurra nunca. Entiendo que ser escritor es mucho más que escribir, y hay múltiples dimensiones que trascienden el proceso creativo y que tienen que ver con el mercantilismo, la imagen pública o el networking, y a veces son estas realidades las que agotan a los escritores y los hastían. Personalmente, les presto la atención justa e intento que no me distraigan ni desanimen.

 

¿Qué tipo de legado te gustaría dejar como autor?

Espero y deseo tener el tiempo suficiente para contar todas las historias que me arden, que son muchísimas. Si alguien, en algún momento futuro, se acerca a ellas, me encantaría que se encontrase con la sinceridad, con un alma humana que no se esconde en lo que escribe, que se transparenta por completo en sus defectos, en su pequeñez y también en su tierna belleza. Lo que escribo refleja aquello que me inquieta y soy un gato curioso por naturaleza. Me gustaría, por ello, poder explorar géneros muy distintos entre sí y que el compendio de las historias que escribo sea diverso y multicolor. Sería un sueño sentir que he dispuesto de la oportunidad de reflexionar sobre todas las épocas históricas que me fascinan, las realidades psicológicas que me intrigan o los lugares que me cautivan instintivamente.

 

¿Qué le dirías hoy al «tú» del pasado que apenas comenzaba a escribir?

Le daría las gracias por su valentía. Cuando empecé a escribir prosa con trece años, ya había escrito poesía con anterioridad, no poseía ni la madurez emocional ni la templanza intelectual para enfrentarme a la complejidad de las obras que ya vislumbraba. En ese momento, desde la desventaja propia de un niño, podría haber renunciado a todo ello y haberme decantado por cosas más sencillas, por intereses menos exigentes, pero no lo hice. No me importó nunca no encajar en ningún grupo, no tener una pandilla de iguales a los que pudiera medirme o que no se me entendiera. Ahora que soy un adulto, comprendo que no debió ser fácil en absoluto para aquel crío. También le aplaudiría por no renunciar nunca a la inocencia y por mantener la humildad, aceptando los errores y aprendiendo de ellos. Y le aseguraría que iba a pasárselo en grande.

 

¿Qué consejo le darías a alguien que quiere comenzar a escribir, pero no sabe por dónde empezar?

Si alguien tiene el deseo de escribir, ya es escritor: en eso consiste. Ese afán creativo no puede ser aprendido, tan solo desarrollado orgánicamente desde el interior. Una vez que se posee, se debe afinar a través del trabajo. Tenemos que formarnos como escritores y eso se hace principalmente leyendo. Al leer, descubres cómo se emplea el lenguaje humano para transmitir historias a través de la palabra escrita. Se han de investigar toda clase de géneros, de formatos, de estilos, de épocas. También es esencial el aprendizaje técnico. Hay que aspirar a la corrección en el uso de un idioma tan complejo como el español, tan enrevesado, intrincado y contradictorio, y para ello es importante consultar las fuentes adecuadas, manuales de escritura y otras obras de referencia. Los talleres literarios pueden ser una herramienta muy útil. Todo aprendizaje es siempre conveniente. Y lo más importante es que esa persona se conceda tiempo para escucharse a sí misma, para explorarse el alma y que no tema lo que descubra dentro. Cavando muy hondo se encuentra la inspiración.

 

De todo lo que has escrito, ¿tienes alguna novela o personajes preferidos?

He escrito infinidad de relatos y hay ciertos temas que afloran una y otra vez porque me interesan sobremanera. La tragedia humana me conmueve; también nuestra entereza frente al dolor. Por todo ello, estoy enamorado de muchos de los personajes que pueblan mis historias; otros me aterran. Pero si tuviera que escoger una obra, sería «En el nombre del hijo», mi segunda novela, porque creo que es el trabajo publicado en el que mayor madurez como escritor se refleja. Espero que la próxima novela, que ya está concluida y en cuya edición ando inmerso estos meses, supere a En el nombre del hijo en ciertas áreas por haber sido escrita por una versión posterior de mí mismo, pero la negrura que encuentro en En el nombre del hijo me impacta y cautiva cada vez.

 

Y para acabar. ¿Quién es realmente Juan Andrés Moya?

Creo que Juan Andrés es un tío curioso y apasionado al que todo le interesa. Es ridículamente introvertido, pero también afable. Siento que es un niño jugando a ser escritor. Nos pasamos la vida intentando crecer deprisa, como si la infancia fuera una traba que uno debe enmendar, pero los críos nos superan enormemente en su habilidad para disfrutar del aquí y del ahora, para ser conscientes de lo que hacen y vivir cada instante en plenitud. Creo que son, en ese sentido, un ejemplo a seguir. No quiero tomarme demasiado en serio: eso sería muy aburrido. Soy solo un artista que no tiene más remedio que contar historias porque, si no lo hiciera, poblarían en exceso su mente y no habría espacio para nada más. Y espero seguir siendo un aprendiz de todo hasta el final, porque solo desde la humildad del aprendiz se puede crecer.

 

Muchas gracias por tu presencia en «La voz detrás de la pluma». Ha sido un honor poder conocerte un poquito mejor.

Muchísimas gracias por haberme concedido este espacio, María. Me han encantado tus preguntas y me has obligado a plantearme cuestiones que considero de lo más interesantes. A veces no somos conscientes de cuánta gente generosa habita el mundo, como es tu caso, y no se nos debería olvidar nunca. Muchísimas gracias por el apoyo. Ha sido un placer la entrevista.

 

Entrevista hecha por María R. Samón

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